viernes, 31 de julio de 2015

Bruno Latour

EN LAS RUINAS DE LA MODERNIDAD: UNA ENTREVISTA CON BRUNO LATOUR

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La modernidad es una guerra, es una decisión acerca de la guerra y la paz, no es algo que pueda describirse como un estado
Bruno Latour
Bruno Latour es sin duda una de las figuras intelectuales más destacadas en el panorama actual de las ciencias sociales. En el año 2012 fue condecorado con el Premio de la Legión de Honor (la más alta distinción del gobierno francés) y al año siguiente recibe el Premio Holberg (considerado el Nobel de las ciencias sociales). Formado en filosofía bajo la dirección de Michel Serres, ha dedicado gran parte de su trabajo a indagar en las consecuencias de los Estudios de la Ciencia y la Tecnología sobre nuestra comprensión de la modernidad. En 1979, publicó su primerainvestigación etnográfica en el laboratorio Jonas Salk de California donde se describen los procedimientos de inscripción que permiten acreditar un hecho científico entre un grupo de endocrinólogos. El libro fue leído como una provocación a las garantías de la ciencia moderna y marcó el inicio del programa de investigación que actualmente se conoce como la Teoría del Actor-Red.
Bruno Latour: Director del MediaLab y el Programa Experimental en Arte y Política de Science Po
Bruno Latour: Director del MediaLab y el SPEAP de Science Po
Durante más de 20 años se desempeñó en el Centro de Sociología de la Innovación de la École des Mines en París donde comienza un productivo intercambio con Michel Callon en torno al análisis de controversias. Desde entonces, su teoría ha logrado extenderse progresivamente hacia diversos campos de aplicación que usualmente interpelan a las ciencias sociales para elaborar sus explicaciones, tales como: el derechoel artela tecnologíala religiónla políticala naturaleza y por supuesto la economía, aquella ciencia de los intereses apasionados que la modernidad parece haber elevado al estatus de “segunda naturaleza”.
En los años noventa, inicia su producción más teórica sorprendiendo al mundo con una polémica declaración: Nunca fuimos Modernos. Aplicando elprincipio general de simetría en antropología comparada, Latour propone destinar el mismo rigor metodológico que usualmente desplegamos para revelar las creencias de “otras” culturas pero esta vez sobre aquellos que se auto-proclaman “modernos”. Su hipótesis es que la sociología se ha quedado sin herramientas conceptuales para iniciar una empresa de tamaña envergadura. Esta última parece seguir empecinada en medir el avance de sus investigaciones a partir de la bifurcación entre sujetos (humanos) y objetos (no-humanos) dejando en la opacidad el mecanismo de traducción que permite vincular ambos mundos.
La ironía es que el mismo mecanismo diseñado para delimitar la frontera entre humanos y no-humanos termina contribuyendo a la proliferación de entidades híbridas (cuasi-objetos) sobre las cuales se fundamenta el quehacer de la ciencia. El problema es que la ciencia no nos permite representarlas: ¿Cómo podría visualizar la ciencia este tipo de entidades si sólo admite dos categorías de observación? Para resolver este problema, Latour nos invita a desafiar la bifurcación que heredamos de la modernidad con el propósito de registrar, de una vez por todas, el modo en que los modernos experimentan su propio mundo. Esta vez debemos equiparnos con herramientas un tanto distintas (infra-lenguajes) que nos permitan acceder al meta-lenguaje de los modernos tal como lo haría un antropólogo al ingresar en una tribu inexplorada de la sabana africana.
En tal sentido, Latour postula que la modernidad nunca comenzó (al menos no como la imaginaban los modernos) puesto que nunca funcionó bajo las premisas fundamentales de la constitución moderna: separar los “hechos” (naturales) de los “intereses” (sociales). Aún así, el costo que han debido pagar aquellas entidades que no comparten completamente la humanidad de los modernos parece haber sido demasiado alto y lo suficientemente real como para socavar nuestra antigua confianza en las instituciones: “quizás no haya un planeta que resista esta versión de la modernidad” sentencia Latour (una intuición que comparte el argumento de esta excelente película).
Entrevista a Bruno Latour realizada en el marco de su última visita a Chile
Entrevista realizada a Bruno Latour por la revista Sistemas Sociales en el marco de su última visita a Chile
En la presente entrevista, Latour expone su particular visión sobre el desarrollo de la modernidad, se encarga de responder a sus críticos y nos brinda algunas precisiones sobre su último y más ambicioso proyecto: Una Investigación sobre los Modos de Existencia. Este último nos conduce a un avance sustancial en el pensamiento de Latour con respecto al movimiento deconstructivo que significó el programa de la Teoría del Actor-Red. La novedad consiste en añadir la “clave” que moviliza cada tipo de red para propagarse en un colectivo de humanos y no-humanos. 14 modos de existencia se componen a través de una plataforma digital que permite a sus visitantes inspeccionar los argumentos del libro y convertirse en co-investigadores para las versiones finales del proyecto.
Sin duda todo un soplo de aire fresco para las ciencias sociales más tradicionales y es que si algo no le podemos negar a este veterano de la “guerra de las ciencias” es que ha sido capaz de transformar nuestro mundo en un lugar un poco más interesante para quienes nos dedicamos a estudiar sus mecanismos de funcionamiento (cuestión no menor si consideramos el letargo que aqueja a la disciplina desde la ofensiva posmodernista de los años noventa). A continuación, le damos la palabra a Bruno Latour, uno de los intelectuales más estimulantes que puedan encontrarse en la teoría social contemporánea, en una entrevista exclusiva para Sistemas Sociales: https://youtu.be/vN25HUTicJE

miércoles, 20 de mayo de 2015

Antropología en las fuerzas de seguridad

La antropología de militares y policías

Más allá del cuartel

Dedicada a estudiar a policías y militares y su relación con la sociedad, Sabina Frederic explica cómo influye la moral y las emociones en las fuerzas armadas y de seguridad.

Por Pablo Esteban
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A comienzos del siglo XX, las “sociedades primitivas” representaban el escenario preferido en el que unos sujetos llamados etnógrafos se sumergían con el objetivo de comprender. Sin embargo, la realidad hizo temblar el edificio teórico. Las tribus se redujeron hasta mezclarse con los blancos, y ello obligó a los antropólogos a redefinir su objeto de estudio y a problematizar el enfoque metodológico. La etnografía comenzó a ser discutida por voces provenientes desde diferentes ámbitos académicos y la autoridad del viajero-científico-escritor adelgazó unos kilos.
En la actualidad, investigador e investigado pueden habitar el mismo escenario. La alteridad se halla a mano del cientista social contemporáneo: el otro respira el mismo aire y camina por las mismas calles. En el caso argentino, las fuerzas armadas y de seguridad siempre constituyeron un sujeto difuso, un sótano invulnerable, una caja negra.
Sabina Frederic es doctora en Antropología Social e investigadora del Conicet. Además dicta clases en la Universidad Nacional de Quilmes, donde también dirige el Doctorado en Ciencias Sociales y Humanas. Además, fue subsecretaria de Formación del Ministerio de Defensa entre 2009 y 2011, desde el cual asumió la conducción civil de la política de educación militar en el país. En 2014, recibió el Premio Nacional Producción 2010-2013 del Ministerio de Cultura de la Nación, en la categoría ensayo antropológico por su libro Las trampas del pasado: las Fuerzas Armadas y su integración al Estado democrático en Argentina.
–En el plano de la disciplina antropológica existen dos dimensiones analíticas: las prácticas y las representaciones que la sociedad efectúa. Desde su perspectiva, ¿qué concepción construye la ciudadanía acerca de las fuerzas de seguridad en Argentina?–Lo primero que hay que saber es que la sociedad no es una unidad. Existen sectores sociales que elaboran diversas representaciones al respecto. Por ejemplo, en los últimos 10 años la Gendarmería Nacional duplicó el número de efectivos, pasó de tener 16 mil a disponer de más de 30 mil integrantes. Por supuesto, esos miles de individuos que se presentaron, y aún lo hacen, para prestar servicio creen que la Gendarmería es un lugar de prestigio para trabajar, un espacio que otorga legitimidad y reconocimiento. Por otra parte, también hay sectores de nuestra sociedad que no observan con buenos ojos este tipo de profesiones. En general, los grupos más reticentes están conformados por militantes, que argumentan a favor de su rechazo.
–En este sentido, ¿hay distinciones entre las representaciones que los grupos militantes efectúan en relación con los militares y con los policías?–Al menos en los sectores militantes existe un vínculo directo que asocia a las fuerzas de seguridad y armadas con el ejercicio de la represión estatal en el pasado y en el presente. Desde esta perspectiva, se hace muy difícil quebrar el sentido común y generar un imaginario que conciba a militares y a policías como actores sociales que, como todos los seres humanos, tienen una vida más allá de los cuarteles y las comisarías.
–Ello que usted señala es una característica inherente al quehacer antropológico. Me refiero al análisis de los individuos a partir de sus múltiples dimensiones y al método que la ciencia utiliza para el estudio de la alteridad...–Sí, claro. La antropología, a través del enfoque y la perspectiva metodológica etnográfica, es adecuada para desarmar los estereotipos y descubrir las diferentes facetas que poseen las personas, en la medida en que permite el acceso a un nuevo conocimiento que habilita el contacto directo con el mundo real. El ser humano se adapta de acuerdo con las circunstancias y expresa emociones que son variables según los contextos. En el campo, emergen dimensiones personales que son imposibles de prever desde el escritorio.
–¿Cómo se puede modificar esa representación que algunos sectores de la sociedad construyen respecto de las fuerzas de seguridad? Dicho de otro modo, ¿cómo construir un imaginario diferente?–En principio, hay algo que todos debemos entender: gran parte de los policías y militares son individuos que crecieron y se formaron en democracia. Bajo esta premisa, la posibilidad de repetición de un golpe de Estado requiere de una serie de condiciones que exceden muchísimo la capacidad de estos actores. El golpe de 1976 fue cívico-militar y, además, desde el retorno al sistema democrático se hizo mucho por reducir el peso y la capacidad de acción que las fuerzas militares poseían. En la actualidad, los militares no se forman en una isla, sino en una lógica mucho más flexible: pueden salir de las academias una o más veces a la semana, se comunican directa, más informal y frecuentemente con sus superiores, se preserva la vida privada y su independencia de la vida profesional como no ocurría veinte años atrás.
–A propósito de esta referencia, en un trabajo de investigación usted señala que en la actualidad, la vida profesional y la vida familiar de los uniformados se construyen en dos espacios que ya no se yuxtaponen. ¿A qué se refiere con ello?–Hoy en día se preserva la vida privada de la mirada institucional del militar. En el pasado, las acciones desarrolladas por los integrantes del círculo íntimo de los militares eran juzgadas en términos morales por los superiores jerárquicos y ello repercutía en sus carreras profesionales. Desde mi punto de vista, muchas de estas modificaciones se vinculan con cambios ocurridos en la moralidad familiar y la sensibilidad de otros sectores de la sociedad de la que son parte. También tuvo un gran impacto sobre las fuerzas armadas la abolición de la conscripción obligatoria. Como desde 1995 las personas no están obligadas a permanecer, las escuelas militares deben esforzarse por retener a los soldados que, hoy en día, tienen libertad para marcharse si no se sienten cómodos.
–En este sentido, ¿cómo influye la vocación de servicio?–La vocación de servicio es un imaginario que, como todo imaginario, se construye a lo largo del tiempo y se reafirma al momento de decidir la pertenencia al grupo, opera como un filtro y es administrado por los más antiguos. Está fuertemente asociado al sacrificio, a la resistencia a condiciones que no cualquiera sería capaz de afrontar. Podemos encontrarla en otras profesiones. El individuo posee un conjunto de expectativas y valores que anteceden incluso a su decisión de formar parte de las fuerzas armadas y de seguridad. Dichas expectativas y valores, luego, se redefinen conforme se transita por procesos educativos y ámbitos de trabajo donde se reajustan a efectos de hacer más llevadero un oficio muchas veces ingrato. En definitiva, la vocación funciona como parámetro de ingreso y permanencia: quien no la desarrolla, difícilmente pueda ocupar un lugar respetable y prestigioso al interior de este tipo de instituciones.
–En la última década, el ingreso de mujeres a las fuerzas militares y policiales creció de una manera considerable. ¿Cómo se explica la participación femenina en un campo que, históricamente, estuvo asociado al sector masculino?–Las mujeres se incorporaron en forma acelerada en los últimos 5 o 6 años por políticas de género desarrolladas por el propio Estado argentino en todos sus niveles. En la actualidad, en general, el porcentaje entre mujeres y hombres que integran estas instituciones es de entre el 40 y el 60 por ciento.
–Usted trabajó entre 2009 y 2011 como funcionaria a cargo de la Subsecretaría de Formación del Ministerio de Defensa. ¿Qué puede contar acerca de esta experiencia?–Lo fundamental es acceder a lo que sucede en los intersticios de la vida social de los militares, y no sólo a los contenidos curriculares que allí se intentan transmitir. Es muy importante conocer acerca de la regulación del tiempo y del espacio en la dinámica cotidiana: comprender cómo es ese mecanismo de vigilancia/control/tutoría que realizan las jerarquías superiores sobre los subalternos, y de qué manera sirve en la formación para la guerra, la función principal asignada por ley a las fuerzas armadas. La subsecretaría orienta la política educativa tanto de los militares como de los civiles; dependen de ella todas las escuelas de formación de oficiales y suboficiales, así como también las escuelas superiores de guerra y los liceos militares.
–¿Cómo son los procesos educativos en este tipo de instituciones? Me imagino que la disciplina es una virtud que se enfatiza con recurrencia...–Uno de los ejes medulares es el rol que ocupan el sufrimiento y el sacrificio en el proceso formativo. La educación de los oficiales, tanto en las policías como en las fuerzas armadas, es muy estructurada y está destinada a producir conductores. La proporción de oficiales sobre suboficiales es muy pequeña: representarán algo así como un 10 por ciento. En el caso de las fuerzas militares, se desarrolla un fuerte énfasis en la construcción de la identidad y la pertenencia grupal a una institución que trasciende a los individuos. Me refiero a lo que se denomina en la jerga como “espíritu de cuerpo”. Los vínculos entre las diferentes jerarquías de mando en las fuerzas militares se establecen a partir de una relación de tipo paternalista. El jefe se preocupa por el subalterno: conoce cómo está, si extraña a la familia, si se siente cómodo, cómo es su estado emocional, etc. Para poder mandar es necesario cuidar. La policía persigue ese ideal pero no siempre lo cumple, pues en su caso no es un vínculo que esté promovido institucionalmente.
–Por último, ¿cómo definiría el concepto de seguridad?–Es un concepto bastante nuevo y tan polisémico que resulta casi imposible definir. En mi opinión, la seguridad guarda relación con una combinación de condiciones objetivas y subjetivas. Por ejemplo, el Estado puede ofrecer una serie de políticas que brinden a la población una segur0idad objetiva que no coincida, necesariamente, con la seguridad subjetiva/interior de cada persona, y viceversa. Los riesgos de este desfase son muy altos, grandes inversiones destinadas a paliar la sensación de inseguridad, que seguramente no ofrecerán una seguridad objetiva.
poesteban@gmail.com
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miércoles, 25 de marzo de 2015

Cartografía de la villa 31 y 31bis en CABA

La Villa 31 y la 31 bis ya tienen un mapa hecho por adolescentes

La cartografía alternativa

Las villas de Retiro tienen más de 30 mil habitantes, pero en los mapas oficiales aparece como un espacio vacío. Por primera vez, la 31 y la 31 bis tienen trazadas sus calles en un plano. Lo produjeron adolescentes del taller Turba de Urbanismo Barrial.

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Los adolescentes de la villa que participaron en el taller muestran su producción.
Un grupo de adolescentes de la Villa 31 y la 31 bis elaboró el Primer Mapa Abierto de su barrio, uno de los asentamientos más populosos de la ciudad de Buenos Aires con alrededor de 30 mil habitantes repartidos en 10 barrios. Paradójicamente, los mapas oficiales no representan estos asentamientos y los grafican como un sitio vacío sin accesos, manzanas, calles o espacios públicos. Este plano alternativo fue realizado por los propios vecinos a través de fotos satelitales y recorridas de los lugares en los que viven. “La idea es poder reflexionar sobre el espacio y el territorio, y contribuir en un proceso de lucha que los vecinos vienen dando por la urbanización”, aseguró a Página/12 el politólogo Pablo Vitale, integrante de Turba de Urbanismo Barrial, organización que colaboró en la confección del mapa.
El mapa fue elaborado dentro del Taller Experimental de Arquitectura y Mapas que Turba ofrece en el asentamiento desde 2010 y al que asistieron una veintena de habitantes, en su mayoría jóvenes. Para su confección, los adolescentes tuvieron que realizar tareas como mapeos satelitales y recorridas a pie.
Vitale, uno de los coordinadores del taller, señaló que el mapa reconstruye los accesos y señaliza puntos importantes en la dinámica de la villa: centros educativos, salas médicas, comedores populares, canchas, plazas, radios, el único canal de televisión, paradores, puestos policiales y templos religiosos. De esta manera, visibiliza un barrio que es ignorado por los planos oficiales y los hace aparecer como espacios verdes o grises.
“La particularidad de este mapa es que se encuentra realizado por los propios vecinos y con sus propias consideraciones. Es bastante lógico. Si ellos hicieron el barrio, también podían hacer el mapa”, indicó Vitale. “La intención es que los vecinos puedan conocer todo su territorio porque, aunque pueda sorprender, muchos sólo tienen noción de lo que los rodea. Además, se busca romper con la invisibilización del gobierno porteño”, agregó.
Turba es una agrupación conformada por profesionales de distintas disciplinas que llevan adelante un proyecto de capacitación especializada y gratuita en la Villa 31, orientado a reflexionar sobre cuestiones como la construcción de identidad y la representación territorial, la visibilización de la villa como inserta dentro de la Ciudad y la lucha por el habitat.
“El Urbanismo barrial implica trabajar determinados temas de la Ciudad desde una mirada barrial, pero con una comprensión de la totalidad, para empezar a entender quiénes somos como barrio”, explicó el arquitecto Javier Samaniego García, otro de los coordinadores.
Esa práctica, denominada cartografía popular o mapeo colectivo, supone “un tipo de reflexión sobre el territorio que se hace en comunidad y se manifiesta en un mapa”, sostuvo Samaniego García.
Según el arquitecto, el mapeo colectivo es un “discurso cartográfico que sirve de contrapunto al poder hegemónico”, porque vehiculiza un sistema ideológico que es muy diferente al que está detrás de los mapas oficiales, diseñados con un afán de dominio y control desde afuera.
El hecho de que el mapa sea abierto presupone desde un inicio la necesidad de una actualización constante. Sin ir más lejos, el barrio San Martín no existía cuando Turba empezó a trabajar en 2010. “La cuadrícula suele prefigurar ciudad antes que la ciudad misma, pero acá se da el proceso inverso: primero se establece y después aparece la cartografía”, aseguró Samaniego García.
“Tratamos de plasmar en un mapa la idea de que el territorio está constantemente en construcción: no es una escenografía donde vive la gente, sino que es algo constitutivo a las relaciones sociales”, afirmó la socióloga Julia Ramos, otra de las coordinadoras del taller.
Los miembros de Turba explicaron que el objetivo del mapa es que sea “útil y apropiado”, entendiendo por esto último “que sea un elemento más de los tantos que funcionan en el barrio”. En ese sentido, un requisito importante es que “sea claro y no correcto”, porque “la precisión de las cosas tiene que ver aquí más que nada con ponerse de acuerdo” sobre cuestiones como el nombre de calles y plazas o los límites de los barrios dentro de la villa, “y no tanto con que un especialista diga qué punto corresponde a qué”.
Los habitantes de la Villa 31 y 31 bis que asistieron al taller también tienen en claro el impacto de la ausencia de su barrio en el desarrollo de la vida cotidiana, las relaciones internas y la integración con el resto de la ciudad de Buenos Aires.
“Un mapa acá es útil para muchas cosas, como por ejemplo para el acceso de las ambulancias y bomberos. Yo vivo en (el barrio) Ferroviario y no sé lo que pasa en (barrio) Correos, qué salitas o centros educativos hay del otro lado: con un mapa vos podés conocer todo”, explicó Jessy Calahuana, de 19 años.
“También pasa que las facturas no llegan hasta todos los sectores y hay que ir a buscarlas a los comedores o centros comunitarios”, acotó su hermana Lesly, de 20 años. “Si querés invitar a amigos o familiares, tenemos que acordar un punto fijo en Retiro para ir a buscarlos”, afirmó.
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lunes, 16 de marzo de 2015

Mundo Nuestroamericano

Bernardo Alvarez, secretario general de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA)

“El mundo interamericano ya no existe, hoy se trata de un mundo nuestroamericano”

Alvarez destaca que el ALBA es más una alianza política con proyección económica, en tanto que los otros organismos regionales como Unasur y Celac tienen un planteo más económico, sobre la base de la unidad respetando las diferencias.

Por Patricio Porta
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Cuando en diciembre de 2004 el entonces presidente venezolano Hugo Chávez visitó a Fidel Castro en La Habana, la creación de un bloque latinoamericano capaz de promover un modelo alternativo al propuesto por Washington parecía una empresa idealista. Faltaba un año para que Evo Morales llegara al poder en Bolivia y otro más para que Rafael Correa fuera consagrado presidente de Ecuador.
Compuesto por doce países de América latina y el Caribe, el bloque dinamizó economías complementarias y estrechó la cooperación. “Se ha avanzado lo suficiente como para que con inteligencia y la gente movilizada en la calle, no se retroceda. Para el ALBA, la integración es transformación”, evaluó Bernardo Alvarez, secretario general del organismo, durante su reciente visita a Buenos Aires.
–¿Cuál es el balance que usted hace a diez años de la creación de ALBA?–El balance es más que positivo. Tenemos una renovada integración latinoamericana. No sólo porque el ALBA se ha mantenido y ha crecido, sino porque ha sido también un instrumento que permite la coordinación con Unasur, Celac y Petrocaribe. Además, hemos logrado que uno de los ejes de nuestra propuesta, que es la inclusión social, sea un discurso que hoy asume mucha gente. En un momento sólo nosotros hablábamos de la necesidad de poner eje la inclusión, y ahora es un planteamiento que mucha gente acepta. Por otro lado hemos mantenido la paz. Unicamente un mecanismo que permitiera la inclusión social, el rescate de la soberanía y la construcción de un modelo alternativo al neoliberalismo nos ha permitido seguir en paz. No tenemos la menor duda de que si se aplicaba aquí el esquema del ALCA iríamos hacia sociedades profundamente fracturadas y hacia una situación de gran presión social que hubiera producido una violencia social y política.
–Pero en un primer momento fue una idea de Cuba y Venezuela. Los demás países no parecían muy convencidos de que otro modelo social y económico fuera viable.–El logro particular del ALBA está en haber podido demostrar que había otra forma. Porque la inclusión puede darse en un discurso, pero cuando se dice que se ha sacado del analfabetismo a cinco millones de personas, que se les ha mejorado la vista a casi dos millones y que se han graduado miles de médicos comunitarios que hoy están en el altiplano boliviano, en las selvas venezolanas, en los barrios pobres de Ecuador, de Haití y de Centroamérica, es todo un logro. Es algo concreto. La agenda social la llevamos adelante. Se pueden resolver en una generación problemas sociales importantísimos, como el analfabetismo, o la visión en la Misión Milagro. O que tengamos el número de médicos que requerimos para que la gente tenga atención en salud. Y un programa que es muy bello, que es para los discapacitados. En nuestro país la situación del neoliberalismo era tan grande que los que no estaban bien debían resignarse. Entonces se fue a buscar a todos los discapacitados casa por casa y se identificó más de un millón. Se determinaron sus dolencias y sus problemas para atenderlos, para recibir rehabilitación, una silla de ruedas o una atención especial. Creo que es un profundo acto de amor y es la expresión del compromiso con la inclusión. No olvidar a los que tienen problemas graves. Buscarlos y atenderlos.
–Al poco tiempo de su creación, el ALBA vio nacer otros bloques regionales como Unasur y Celac. ¿Cómo es la relación con esos organismos?–Que la Celac exista es un gran logro. Con el ALBA no compite una organización que sea más progresista en lo social. Hay una convicción en que los esfuerzos sociales que se han hecho son inéditos en América latina. Desde el punto de vista político, siempre estuvimos en función de lograr una integración. Desde el principio planteamos que queríamos un mecanismo de integración que permitiera a los latinoamericanos y caribeños estar juntos sin invitados o fuerzas externas no queridas. Eso lo logramos con la Celac. Este es un proceso complejo. Estamos saliendo de un viejo mundo y entrando en otro nuevo. Y a veces mientras muere el viejo está naciendo el otro. Por ejemplo, la visión interamericana, que era básicamente la relación política de Estados Unidos con la región, está hoy en crisis. El mundo interamericano ya no existe. Más bien hoy se trata de un mundo “nuestroamericano”, por decirlo de alguna manera. No significa que no haya OEA y que los países no participen. Pero indudablemente hay nuevas organizaciones que están expresando esa nueva realidad. Incluso la propia OEA tiende a cambiar porque se da cuenta de que es un espacio distinto.
–¿Piensa que una integración real es posible en un continente tan diverso?–Somos un continente muy complejo, tenemos diferencias entre nosotros. Tenemos el Caribe, Centroamérica, Sudamérica, el Cono Sur y demás. Son procesos de integración que convergen. La Celac es muy importante porque nos incorpora a todos. Lo bonito también es que haya países del ALBA que participen en Unasur, Celac, Petrocaribe o el Mercosur. Todo esto empieza a moverse en un nuevo sistema de integración, que a su vez tiene subsistemas. Pero lo determinante es que la integración vieja está siendo sustituida por una nueva forma de integración. Claro, dentro del nuevo modelo habrá distintos sistemas u opciones que responden a distintos procesos históricos. El Mercosur tiene una orientación marcadamente económica. El ALBA surge más bien como un modelo político, que ahora tiene un desafío económico. Unasur es una instancia política que indudablemente ha jugado un papel importantísimo con el Consejo de Defensa Sudamericano o con su posición durante el ataque colombiano a Ecuador, sin interferencias internacionales. Quedó muy claro que América latina no volvería a aceptar una acción de este tipo. Fue aislada la gente que quería convertir a Colombia en una suerte de nuevo Israel, para atacar a todos los vecinos desde allí. Y qué casualidad, los vecinos eran los del ALBA. Eso fue superado. El papel que jugó Unasur en Bolivia. Ese es un ejemplo de la nueva y la vieja forma de integración. En el marco de la OEA, si no te gustaba un gobierno porque era demasiado progresista, promovías una oposición que tomaba acciones y generaba una situación de caos. Entonces venía la OEA, les daba reconocimiento de parte y le decía al gobierno que tenía que ponerse a negociar con la oposición. Mientras que en Unasur, y el caso de Bolivia es emblemático, bajo la presidencia pro tempore de Michelle Bachelet se establece el compromiso de colaborar y ayudar al gobierno de Evo Morales. Esa era la misión de Unasur. Y allí no había partes. Había un gobierno y unos sectores políticos que tienen los derechos que les da la Constitución. Pero no eran partes políticas para una negociación, porque esos sectores estaban tratando de desconocer la existencia del Estado. Incluso en esa oportunidad la Unasur tomó la previsión de establecer mecanismos especiales para garantizar, por ejemplo, el tránsito aéreo, porque ciertos sectores habían cortado vías para impedir que los alimentos fluyeran del Oriente a Occidente. Que seas propietario de un camión o que no te guste un gobierno no significa que vayas a generar una crisis de escasez de producción por un interés político. La acción de Unasur fue tomar todas las acciones que le permitieran al gobierno boliviano restablecer la normalidad en el tránsito de su país.
–¿Qué significó la creación del ALBA para los países que lo integran?–Nunca habíamos tenido los medios para expresar nuestras propias ideas. Desde el ALBA respetamos los otros mecanismos de integración, pero creemos que tiene que haber una revolución, entendida como un proceso de transformación profunda. El presidente Chávez decía medio en broma: “Hay que esperar a ver si hay una contrarrevolución. Si la hay, es porque entonces ha comenzado la revolución”. Si no hay una contrarrevolución significa que no se está avanzando todo lo que se puede avanzar. No podemos pensar en una sociedad distinta si tenemos el mismo Estado. Un Estado que responda a las condiciones históricas, sociales y económicas. Ese es uno de los desafíos del futuro: cómo construir una nueva institucionalidad. Está bien, el marco institucional existente nos puede permitir avanzar. De hecho nos permitió sobrevivir cuando se buscó la inconstitucionalidad para acabar con los movimientos sociales. Pero ya hemos conquistado cosas y debemos generar otro espacio para no retroceder.
–¿Cree que ha habido una mayor democratización en los países del ALBA?–La visión de la democracia representativa y la de la participativa son un factor clave. Indudablemente los nuevos modelos de integración implican una revolución de la participación. Primero hubo un rescate de lo público, de la política. Y después una promoción de la participación. En el modelo anterior era lo contrario. Eran democracias de elite donde se limitaba la participación y era preferible hasta que hubiese una suerte de antipolítica, que la gente no se interesara mucho en eso, y que les dejara la política a los partidos y a los dirigentes políticos. Esa era una democracia boba. Ahora pasamos a una democracia que abrió los canales. Es decir, rescató la política y promovió la participación. Antes, mucha participación era sinónimo de inestabilidad. Hemos cambiado eso y ahora la participación es garantía de estabilidad.
–Usted habla de un viejo y un nuevo orden. El ALBA vino a hacerle frente al ALCA, pero ahora surgen nuevos bloques como la Alianza del Pacífico. ¿Considera que es un resurgimiento del ALCA por otras vías?–Los modelos siempre expresan fuerzas políticas distintas. Lo que nosotros hemos planteado es el avance de un modelo de integración subregional que respete la diversidad. Pero hemos puesto sobre la mesa que había que rescatar lo público y que los modelos de integración no podían estar basados exclusivamente en los intereses económicos transnacionales. Por ejemplo, los sistemas fiscales de los recursos naturales. ¿Cuál ha sido siempre el objetivo de las grandes potencias sobre nuestros países? El control de los recursos naturales. En Venezuela se logró una transformación y una recuperación de la soberanía sobre los recursos naturales. Había otros sectores que nos atacaban porque decían que los recursos naturales debían estar ahí para que las inversiones pudieran acceder a ellos. Sí, estamos de acuerdo, pero previamente tiene que haber una negociación con el Estado, que debe determinar hasta dónde y cuándo quiere llegar con esa inversión. Entonces todos los países comenzaron a ver el ejemplo de Venezuela y a modificar sus propias leyes fiscales. Y hoy en día uno de los elementos en Unasur es tener una política conjunta sobre los recursos naturales, incluyendo países como Colombia. Siempre van a surgir otros planteamientos, como la Alianza del Pacífico. Hasta ahora ellos han tenido una visión económica que se respeta, porque es algo propio de los países, pero pertenecen a la Celac. Tienen una serie de compromisos dentro de la Celac.
–¿Cómo se acomodó Estados Unidos a esta mayor integración de los países latinoamericanos?–El tema de Estados Unidos es como la miopía. Es como creer que el problema son los lentes, que lo que molesta es la luz. Hasta que llegas al médico y te dice: “Lo siento, el problema no es la luz, sino que necesitas corregir tu visión”. Es difícil a veces que esos grandes poderes entiendan que tienen que corregir su visión. Siempre piensan que las cosas son como ellos quieren, o no son. Creo que han sido sorprendidos por lo que ha ocurrido en América latina. Porque pensaron que lo de Chávez era un accidente y que una vez que eso pasara eso no volvería a ocurrir. Y no fue un accidente. Claro, era un líder que había surgido en un momento muy particular, con una visión y plan que llevó adelante. Pero era una expresión de transformación que había en todo el continente. Ahora estamos en un momento en el que va a ser muy interesante ver cómo Estados Unidos enfoca y lee la realidad latinoamericana. Un tema clave es el embargo a Cuba. . Eso mismo querían hacer con nosotros: mantenernos en una Guerra Fría permanente. Utilizaron a Cuba para eso, y después quisieron utilizar a Venezuela. Pero esta integración impidió que esa Guerra Fría existiera. Y hoy en día los gobiernos se entienden todos. Tanto los gobiernos progresistas como aquellos que tienen una visión política e ideológica distinta. Pero ya no vamos a aceptar el mecanismo anterior de jugar siempre a la división entre nosotros. Por eso lo que pasó en el ALBA es importante.
–¿Quiere decir que el ALBA facilitó el nacimiento de Unasur?–Las transformaciones del ALBA, que se dan en tres países fundamentales, como Venezuela, Ecuador y Bolivia, han sido elementos determinantes para que surgiera Unasur y para que hubiera unión sudamericana. No podríamos pensar en Celac sin unión sudamericana.
–¿Por qué algunos países, como Honduras, abandonaron el bloque?–Eso formó parte de una estrategia diseñada para tratar de pegarle al ALBA por los eslabones más débiles. El caso de Honduras es emblemático por la doble moral del aparato mediático y político. Al presidente Zelaya le dieron un golpe militar y no pudo o no quiso hacer nada. El Congreso de Estados Unidos presionó a la administración de Obama para que mantuviera una línea dura contra Zelaya. Lo que genera tristeza es que la excusa era que había que salir de Zelaya porque era un dictador en potencia. Pero cuando uno ve la realidad, se da cuenta de que Zelaya no tenía las fuerzas armadas, ni la Corte Suprema, ni el Congreso, ni los medios ni los empresarios. ¿Qué poder acumuló entonces el señor Zelaya? Fue una idea clara de golpear a estos eslabones más débiles. Luego tenemos el caso de Paraguay. La situación es dinámica y eso se ha restablecido en cierta medida. Pero fue muy obvia para todo el mundo la doble moral norteamericana y de estos sectores de la derecha. Esto brindó mucha conciencia, mucha alerta a todos nosotros: estos sectores de la derecha en nuestros países y en Estados Unidos siempre van a tener un plan para desestabilizarnos. Lo mismo ocurrió con la muerte del presidente Chávez.
–Más allá de los casos de Zelaya y Lugo, también hubo intentos serios por derrocar a Evo Morales, a Correa y a Maduro. ¿Las considera advertencias?–Pienso que esas cosas son como un búmeran, que más bien se te revierte. Creo que ha habido mucha molestia. Fue demasiado obvio. ¿Cuál fue la justificación para darle ese golpe a Zelaya? ¿Dónde estaba el poder que había acumulado? Ellos quisieron presentarlo como una advertencia, pero se vio como algo desproporcionado debido a esa doble moral. Eso hizo que la gente reaccionara.
–Evo Morales ganó las últimas elecciones con un porcentaje muy alto. Correa se encamina a un tercer mandato. El modelo boliviano y el ecuatoriano son muy exitosos. ¿Por qué en Venezuela, el otro país de gran peso dentro del ALBA, hay en cambio una crisis recurrente en términos políticos y económicos?–Ellos nunca han dejado de hostigar a Venezuela. De manera más abierta, menos abierta; más violenta, menos violenta. Ni un solo día: pretensión de sanciones en el Congreso norteamericano, en las cortes internacionales, promoción directa y abierta de la conspiración de lo sectores de extrema derecha. Ellos interpretaron que la salida del presidente Chávez era un momento de debilidad que permitiría retomar el plan de la conspiración y de la desestabilización y hacerlo vivir. Venezuela vivió unos procesos muy complejos y complicados con la muerte del presidente Chávez. Aquí el presidente Kirchner muere cuando no estaba en el gobierno. El presidente Chávez muere estando en el gobierno y cuando acaba de ganar unas elecciones de manera contundente. Creo que aprovecharon esa situación para generar esta arremetida, que fue muy fuerte. En el estado de Táchira, fronterizo con Colombia, y con apoyo de muchísimas fuerzas de la derecha colombiana, donde está demostrada la mano del ex presiente Alvaro Uribe y de otros sectores de la extrema derecha latinoamericana y americana, lograron establecer una situación de mucha angustia. Una situación terrible. Plantearon hasta elementos secesionistas sin ninguna razón.
–Pero los intentos de desestabilización no dejaron de acosar a Chávez, incluso desde el golpe de 2002. En todo caso se intensificaron con su muerte.–Eso venía desde que el presidente Maduro había ganado las elecciones, cuando hubo varios muertos del lado chavista a manos de la oposición. Políticamente se ha logrado restablecer la situación. Pero no es sencillo, porque ha habido una situación económica muy difícil. En medio de esta conspiración política se ha afectado muchísimo a la economía. El caso del contrabando es un ejemplo. De eso se ha ido saliendo también. Cuando el presidente falleció, se lanzaron con todo y se jugaron todas las cartas. La ventaja de esos procesos es que se devela rápidamente la intencionalidad. Por lo menos eso permite ver quién es quién y qué es lo que buscan. Ahorita hay una oposición muy dividida. La gran contradicción es que nunca han podido presentar un proyecto alternativo más allá de salir de Chávez. Y ahora Chávez ya no está.
–El secretario de la Unasur, Ernesto Samper, manifestó recientemente que la salida a la crisis en Venezuela es un “gran pacto social”. Sin embargo, el presidente Maduro había convocado meses atrás a los sectores opositores a un diálogo abierto. ¿Por qué cree que esa vez no funcionó?–El presidente Maduro es un hombre de mucho diálogo y de mucha experiencia política. Fue presidente de la Asamblea Nacional –Parlamento– muchos años y canciller. El hizo un gran esfuerzo. No sólo convocó al sector político, sino que también propuso un diálogo a todos los sectores sociales y económicos. A raíz de la ofensiva económica, que se ha llamado “guerra económica”, convocó a todos aquellos sectores para decirles que había un claro intento de desestabilizar al gobierno. El problema es que hay sectores que no quieren dialogar, porque para ellos significa dejar de lado la agenda desestabilizadora. Ellos siguen pensando que la forma de lograr una modificación en el país es a través de un proceso de desestabilización. Su expresión más grande fue en febrero pasado, cuando después de haber ganado algunas alcaldías, que les habían dado la posibilidad de desarrollar una fuerza política, transformaron ese relativo éxito electoral en un esfuerzo de desestabilización. Eso está totalmente documentado: las conexiones con la derecha colombiana, con la derecha centroamericana.
–¿Ve en otras partes del mundo procesos como el que se desarrolla en América latina?–Peligros hay. Desafíos hay. No es fácil desmontar las viejas estructuras. Hay que acercarse a la realidad. Un ejemplo interesante es el movimiento Podemos en España, que un una última encuesta se encuentra por encima del Partido Popular. Una organización con un manejo impecable de los medios y un mensaje sencillo: aquí hay una casta y lo que ha hecho el sistema político es defender a esa casta.
–¿Por qué decidió conmemorar los diez años del ALBA en Argentina?–Aquí hay que hacerle un homenaje al presidente Néstor Kirchner y a lo que significó la cumbre de Mar del Plata. Aquí hay algunos antecedentes. El presidente Chávez planteó el ALBA por primera vez en 2001 en la Conferencia de Estados del Caribe. En 2003, Kirchner y Lula firman el Consenso de Buenos Aires, donde ya marcaron el camino. En 2004, Chávez y Fidel firman la declaración conjunta. En 2005 se produce la derrota del ALCA en Mar del Plata. El ALBA nació, de alguna manera, o al menos sus alas se fortalecieron en Mar del Plata. Después vino Unasur. Y más tarde la Celac. Son un conjunto de sucesiones que nos llevan a ver la nueva realidad, la nueva integración. El ALBA nace en el 2004, pero quien le da las alas es Mar del Plata.
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Una comunicadora social recuperó tradiciones originarias de la comunidad de Pinamar


Una historia que rescata la diversidad

Mariana Dufour rescató durante 25 años, de las escuelas públicas de Pinamar, costumbres, herramientas e historias de la comunidad local con raíces aymara, quechua, guaraní y afro. La experiencia terminó abruptamente. Su trabajo fue editado en España.

Por Mariana Carbajal
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Mariana Dufour interrumpió sus trabajos por una inspectora que dijo que en Pinamar no había quechuas.
A los 19 años, Mariana Dufour recibió de regalo un casete de Taki Ongoy, el álbum que acababa de editar Víctor Heredia, con canciones y narraciones que cuentan la historia de los pueblos originarios de América desde la perspectiva indígena en la lucha por su identidad y libertad. Corría el año 1986. “Ese casete me hizo ver que había una historia que nadie me había contado”, recuerda Dufour. Casi una década más tarde, aquella semilla floreció. En 1999, como asistente educacional y comunicadora social, empezó a trabajar la currícula escolar desde la cosmovisión de los pueblos originarios en escuelas públicas de la ciudad de Pinamar, donde descubrió que se mezclaban hijos e hijas de migrantes de países limítrofes y de otras provincias, cuya lengua materna era el aymara, el quechua o el guaraní. Dufour plasmó esa original experiencia, que se extendió por unos diez años, en el libro Diversidad, una herramienta pedagógica privilegiada. Educación intercultural para una escuela multicultural, recientemente editado por la Editorial Académica Española (del Grupo Empresarial Omni Scriptum GmbH & Co). En una entrevista a Página/12, la autora detalló los logros de una propuesta local que se proyecta al país.
Es el segundo libro de Dufour sobre aquella labor pedagógica y comunitaria, que desplegó en aulas de Pinamar hasta 2009. Cuenta que el proyecto se truncó cuando a la nueva inspectora de escuelas de la región le resultó incómodo reconocer la presencia de alumnas y alumnos de pueblos originarios o descendientes de inmigrantes en las aulas de una ciudad balnearia, más conocida por sus playas y casonas de veraneantes de sectores medios acomodados. El primer libro, que se convirtió en guía fundamental para llevar adelante su propuesta, fue Rabo de nube, un puente entre culturas, editado en 2006 por el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación, durante la gestión de Daniel Filmus, junto a la Dirección General de Cultura y Educación de la provincia de Buenos Aires, en tiempos de Adriana Puiggrós. “El interés de ambos ministerios en fortalecer nuestra experiencia tuvo que ver con que la composición social de las aulas de Pinamar, finalmente, refleja la de tantas escuelas del país”, señaló Dufour, ahora con 50 años, y viviendo en la ciudad de Buenos Aires, adonde llegó tras quedarse sin trabajo en la costa.
Paradójicamente fue una editorial española la que la llamó para que escribiera sobre el programa educativo intercultural que desarrolló por aquellos años. Ella ya tenía los textos porque iban a ser publicados en su momento, pero los fondos oficiales prometidos, dice, nunca llegaron. Así que revisó los manuscritos, los actualizó y los envió: el libro se publicó en España en los últimos meses de 2014. “El objetivo de la propuesta es trabajar toda la currícula escolar a partir de la cosmovisión de los pueblos originarios de lo que hoy llamamos Argentina y de los afrodescendientes, en íntima relación con la cultura del hombre urbano, criollo, descendiente del europeo. Este libro, como el anterior, brinda herramientas pedagógicas para que el docente pueda construir una ‘nueva’ vía de acceso al conocimiento. Tanto las ciencias sociales, naturales y exactas como la literatura, las artes, la matemática, etcétera, plantean un interesante desafío para trabajar desde la interculturalidad, ya que ellas se desarrollan en relación con las diferentes filosofías aborígenes y afro. Es fundamental que, de una buena vez, nuestra escuela ubique los conocimientos a un mismo nivel, los trabaje y los discuta desde una misma actitud de respeto y valoración”, dice Dufour. Sueña con que su experiencia no quede en papeles y se multiplique y replique por todo el país.
La población de Pinamar, señala, tiene alrededor de un 10 por ciento de extranjeros, la mayoría provenientes de Bolivia, pero también de Paraguay, Chile, Uruguay y Perú. Y también hay migrantes de otras provincias. “Vas caminando y escuchás aymara, quechua, guaraní, en los supermercados, en las obras”, describe. La mayoría de las familias migrantes llegó y se instaló atraída por el trabajo en el sector de la construcción años atrás, pero ya han desarrollado emprendimientos en otros rubros como el comercio, detalla. Ella también es migrante interna: llegó a Pinamar con 24 años, su marido en aquel entonces y dos hijas pequeñas. “Nos fuimos con una carpa, a un lote que habíamos comprado en Valeria del Mar. Pagamos la primera cuota y nos instalamos ahí y fuimos levantando nosotros dos la casa”, recuerda. Dejó en Buenos Aires una carrera de Psicología que estaba por terminar. Y entró a trabajar en escuelas de Pinamar como asistente educacional. Así descubrió la multiculturalidad de sus aulas y la resistencia y hasta rechazo, dice, de algunas docentes frente a los hijos de inmigrantes latinoamericanos. “Fui conociendo esa realidad. Y se me ocurrió hacer un programa de radio, al que le puse el nombre de una canción de Silvio Rodríguez, ‘Rabo de nube’, que salía por las noches, primero en Radio Zeta. Contaba cuentos, leyendas y mitos de pueblos originarios, dirigido a chicos para que escucharan sus historias, las que habían dejado en los lugares de donde provenían sus familias, sus provincias, sus países. Pero tuvo mucha repercusión entre los papás y las mamás”, destaca Dufour. Aquel programa se emitió entre 1996 y 1998. Después, empezó a trabajar la currícula escolar desde la cosmovisión de los pueblos originarios en tres escuelas, la Nº 1, la 3 y la 4 de Pinamar. “Iba sistematizando el trabajo, corrigiéndolo y ampliándolo, a partir de la misma experiencia. En 2006, después de seis años de implementación, el Ministerio de Educación de la Nación se interesó para publicar mi primer libro, con los apuntes que iba corrigiendo en base a la experiencia en las aulas. Pero les planteé que sin capacitación docente el libro no servía. Entonces presenté el proyecto ante la Dirección General de Escuelas de la provincia y se aprobó la incorporación de la capacitación en este tema, que se hizo por tres años en el Instituto de Formación Docente Gabriela Mistral, de Pinamar, del 2006 al 2008, donde participaron docentes de toda la zona de la costa bonaerense. Hasta que en 2009 se interrumpe porque la inspectora de aquel momento me dice que no había descendientes de pueblos originarios en Pinamar”, lamenta Dufour.
A partir de su impulso, paralelamente, se empezó a realizar la ceremonia de la Pachamama desde 2004 en el municipio de Pinamar, apunta. “En la primera edición vino Víctor Heredia”, rememora con emoción. Es una fiesta que se extiende por tres días, el último fin de semana de agosto, desde el viernes por la tarde hasta el domingo. Se hace en la plaza Bolivia de Ostende. “Los primeros años la hacíamos en la escuela Nº 1 de Pinamar hasta que nos sacó la inspectora y nos fuimos a Ostende”, señala. La comunidad boliviana se fue sumando lentamente, al principio, dice ella, con cierta desconfianza. Pero el quinto año ya participó masivamente.
–¿Podría darme algunos ejemplos de cómo incorporó a la currícula la cosmovisión de los pueblos originarios?–Hay múltiples ejemplos. Por ejemplo, se puede trabajar matemática a partir del quipus y la chakana, la cruz andina. Con la chakana se puede trabajar geometría, ciencias sociales, geografía, astronomía. A partir de las fiestas tradicionales de cada cultura se pueden trabajar los ciclos de la tierra, la producción, la geografía.
Entre las anécdotas que atesora en su memoria, de sus clases, recuerda que un día el hijo del director de una de las escuelas, que era muy callado y silencioso, entró al aula corriendo, sonriente. “La mamá le había enseñado el grito de victoria mapuche. ‘Porque yo tengo sangre mapuche’, me dice. Y le propuse que se subiera a su escritorio y lo gritara a sus compañeros. ‘Mari che hueu’, que significa ‘diez veces venceremos’. Estaba feliz.” Los chicos empezaron a pedirles a sus abuelos que les enseñaran el quechua, que lo tenían prohibido por sus padres. Terminamos haciendo un programa de radio, que se emitió por todas las radios de Pinamar, de lunes a lunes, donde ellos mismos contaban sus historias en sus lenguas maternas, quechua, aymara y guaraní. En una ciudad pequeña, la radio es muy importante. Otra cosa que se empezó a ver es que las mamás empezaron a llevar a sus bebés con aguayo, que es la tela tejida la mitad por el padre y la mitad por la madre. También fue notable cómo chicos bolivianos que antes se sentaban en el último banco de la fila, y permanecían encorvados, empezaron a erguirse al escuchar historias que conocían de sus casas. Lo que pude ver en Pinamar es que se puede trabajar toda la currícula desde nuestra cultura sin que los chicos y las chicas se aburran, porque tienen sed de conocer sus orígenes”.
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lunes, 22 de diciembre de 2014

La Ciudad de Buenos Aires y la clase media

Entrevista con Gabriela Massuh, autora de El robo de Buenos Aires

“Echan a la clase media de la ciudad”

Massuh dice que el proceso de especulación inmobiliaria propiciado por el gobierno porteño está arrasando con el espacio público y con la convivencia entre diferentes sectores sociales.

Por Werner Pertot
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Si hubiera que pensar el empobrecimiento de las urbes, no ya en términos materiales y económicos sino de diversidad cultural y patrimonio histórico, quizás habría que abordar el reciente libro de Gabriela Massuh: El robo de Buenos Aires. La trama de corrupción, ineficiencia y negocios que les arrebató la ciudad a sus habitantes (Sudamericana). La autora –periodista cultural, ex directora del Instituto Goethe de Buenos Aires y actual titular de Editorial Mardulce– explora el proceso de especulación inmobiliaria y construcción desenfrenada que ocurre en el mundo y también en Buenos Aires. Advierte que lo que ocurre con Mauricio Macri “no es como en los ’90” sino peor: “Hay un proceso puesto en marcha en el que las grandes empresas y gobiernos se alían para apropiarse de lo público”.
–¿Por qué plantea que el espacio público está desapareciendo?–El espacio público, entendido como el espacio de la diversidad, se está perdiendo velozmente a partir de los años ’90, con una pequeño impasse en 2001 y 2002. Buenos Aires como ciudad de convivencia de la diversidad, donde en un barrio podían habitar clase media, clase alta y clase baja, eso se está perdiendo. Lo que se está haciendo es echar a la clase media de la Ciudad y construir una ciudad de enclaves. La palabra “circuitos” es típica de las exenciones impositivas que funcionan como pretexto para que la tierra se valorice y se invierta en vivienda sin usarla. La primera medida en cultura que tomó Macri fue un gran atentado contra el espacio público: fue querer cerrar los centros culturales en los barrios.
–Los macristas suelen reivindicar otra idea del espacio público: su discurso señala que pusieron en valor las plazas.–Ponerle rejas a una plaza no es fomentar el espacio público. ¿Cuántas plazas ha creado el macrismo? Una o dos, a lo sumo, en ocho años de gestión, en una ciudad que tiene un 1,2 por ciento de verde por metro cuadrado por habitante, cuando debería tener el 11, que es lo que tenía al comienzo del siglo XX. No sólo hace desaparecer el espacio público, sino que el hormigoneo de las plazas y el pasto implica dividir a la ciudad: los ciclistas, los que van en patines, los que van a caminar van por otro lado. Es una diferenciación muy militar. Los militares hacían eso.
–La política del cemento...–Los militares le metían cemento, hamacas. Era una cosa horrible. Eso pasó en Olleros, pasó muchísimo en Belgrano. Y Macri tiene un poco eso, eso que él llama “poner en valor”.
–¿Qué consecuencias tiene la política de crear distritos o polos?–Las consecuencias son bastante discriminatorias: la gente que tradicionalmente habitaba un barrio, como puede ser Barracas o Parque Patricios, es expulsada. Al facilitar que se puedan hacer torres, valoriza el suelo urbano y la clase media no tiene poder adquisitivo para solventar eso y se tiene que ir de ahí. Por un lado destruye el conjunto edilicio heterogéneo de esa ciudad tradicional y, por otro lado, genera vigilancia privada, entran los shoppings, las escuelas privadas. Enseguida se produce una estratificación social en el barrio. Lo que pasó en Flores o Floresta o Caballito: son zonas dinamitadas para construir de nuevo, como ese espacio en Balvanera donde se quiere construir un estadio. En vez de construir, se destruyen las ciudades. Se hacen proyectos como la Villa Olímpica para las olimpíadas juveniles de 2018. La gente que vive en el sur no va a ser beneficiada por esto. Se hace un enclave de deporte en Lugano para gente con poder adquisitivo.
–Este proceso inmobiliario, ¿tiene su puntapié inicial con Puerto Madero?–La especulación inmobiliaria es de larga data. Hay una intensificación de la construcción a nivel mundial a partir de los ’90, cuando se producen las grandes privatizaciones. La Argentina no es una excepción, pero lo que es específicamente argentino es la escala del descontrol. En Berlín o en Hamburgo nunca te tiran abajo una cuadra entera para construir un estadio sin pasar por el Parlamento y sin tener en cuenta lo que opinan los vecinos. Eso sí empezó con Puerto Madero, que fue la bomba atómica que signó lo que se iba a construir después. Por decreto, privatizaron 170 hectáreas de la ciudad, que nos pertenecían a todos. No tenemos acceso al río, no hay escuelas, no vamos a comer ahí porque es muy caro. Empezó con Puerto Madero y eso legitimó lo que vino después: los countries.
–¿Qué influencia tienen los countries en las recientes inundaciones?–Los countries últimos, de Nordelta para acá, están construidos con lagos artificiales polderizados y están emplazados sobre la estructura de los humedales de la cuenca baja de Luján. Esos humedales funcionan como esponjas para contener y largar el agua. Absorben el agua excesiva. Si cementás eso, el agua rebasa. Las inundaciones, como la que hubo, cada vez van a ser más recurrentes. Y cada vez se va a notar más que la culpa es de los countries. Una especialista en esto, Patricia Pintos, una geógrafa de La Plata, estudia que estos lagos artificiales tienen una consecuencia grave: por debajo, pasa el acuífero Puelche, que es el que nos da de beber al conurbano, a Buenos Aires y a La Plata. Esos lagos reciben muchísimo químico para mantener el agua azul. Esos químicos van horadando y van a terminar contaminando el acuífero.
–En el libro analiza distintos casos en el mundo, con la idea de que se intenta construir en todas partes lo mismo...–Es parte de esta etapa del capitalismo extractivista, donde hay un proceso puesto en marcha en el que las grandes empresas y gobiernos se alían para apropiarse de lo público. No es como en los ’90, donde el Estado era víctima en las privatizaciones. Ahora el Estado pacta con los empresarios para facilitarles la privatización de grandes áreas de las ciudades, con la idea de que se va a producir un derrame. Nunca ocurre.
–En las reuniones por el presupuesto, un ministro macrista señaló que buscan un Estado facilitador, no un Estado constructor de viviendas.–Ya está construido. Hay un 30 por ciento de vivienda ociosa. ¿Qué quieren facilitar? No hay créditos y la ciudad está cada vez más cara. Hay aproximadamente 400 mil viviendas vacías y, a la vez, 500 mil personas con déficit habitacional. Este Estado es facilitador del horror. El número de habitantes en la ciudad no varió. Somos tres millones. Y la construcción sigue creciendo. La única manera de pararlo es poner un impuesto a la vivienda ociosa.
–¿Qué rol juega el empresario Nicolás Caputo en este esquema?–Y también el Grupo IRSA y Constantini. No puedo entender cómo IRSA quiere seguir construyendo con la fortuna que amasa ese señor. El presidente de IRSA es el presidente del Banco Hipotecario. Es el banco que tiene que dar crédito a la gente para que compre una vivienda. IRSA construye sólo shoppings y edificios de lujo. La presencia de Elsztain en el Banco Hipotecario es una contradicción enorme. A su vez, la presencia de Caputo como amigo de Macri, como ministro sin cartera. Se fomenta a cuatro o cinco empresas constructoras, que son siempre las mismas. Los empresarios de la basura son de un nivel realmente mafioso.
–¿Cómo se trabajó sobre estos problemas de hábitat en Medellín?–En Medellín se trabajó en la urbanización de centros culturales, urbanización y transporte dentro de las villas. Abrió las villas al tejido urbano, instaló bibliotecas digitales, o sea, que hizo atractivas culturalmente para gente que no iba. Y construyó el verdadero metrobus, con un carril colgante y energía renovable. Acá no se hizo nada de eso. Las cuatro villas que por ley debían ser urbanizadas no lo fueron. Se le facilita al mercado, entregando escrituras a los habitantes de las villas. Lo que pasó en el Parque Indoamericano empezó porque Rodríguez Larreta dijo que iban a entregar escrituras en la Villa 20. Fue azuzado.
–Usted define al gobierno de Macri como un “aparato de imaginería propagandística”. ¿Se diferencia de otros gobiernos?–Sí, por la exacerbación, por confundir comunicación con la traslación de la propia imagen. Ese dinero, en verdad, es para comunicar cuándo te tenés que vacunar, cuándo es la inscripción de los chicos. El gobierno nacional lo hace cuando hay vacunación de dengue. El gobierno porteño, nunca. Dentro de la publicidad entra el metrobus. Otra inscripción en la ciudad. “Estamos haciendo”. “Estamos trabajando para usted”. Nunca vi nada igual, salvo los Rodríguez Saá en San Luis. Grosso tenía ese sistema. Todo esto entró brutalmente con Durán Barba.
–¿Qué relación encontró entre la especulación inmobiliaria y la campaña del desierto del siglo XIX?–La Argentina está hecha sobre el mito de conquistar el desierto, al que se considera como tierra vacía, res nullius. El desierto está lleno de cosas y personas. Siempre se tendió a avanzar sobre lo ajeno y lo peligroso, al que se llamó “desierto”. Y siempre se lo tomó como un acto civilizatorio. Ahora se avanza sobre los barrios, a los que se los asimila a que están venidos a menos, a que no hay nada, a que quién vive ahí, hay que mandarlos al conurbano. Cuando la Presidenta habló de la Isla Demarchi dijo “ahí no hay nada” y cuando Macri habla de la zona sur dice que son “puntos negros en el mapa”. Está lleno de gente. En Sarmiento, era ideológico. Acá, es el negocio. Es el menosprecio de la pobreza, de una manera muy darwinista.
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